
Debido a que la Marina fue mencionada como autora de la detención, la Fiscalía Naval de Valparaíso pidió el traslado de la investigación iniciada a su jurisdicción, por lo que mi padre, en vez de ser liberado como ocurrió con la mayoría de los presos políticos como un gesto de la dictadura a los organismos internacionales, fue trasladado en secreto, la madrugada del 17 de noviembre de 1976, de “Tres Álamos” al Campo de Prisioneros de Puchuncaví. Ese mismo día el Ministerio del Interior le había concedido la libertad junto a otros 129 prisioneros.
Sus familiares nuevamente tuvimos la angustia de que estaba detenido desaparecido y comenzamos su búsqueda sin resultado, hasta que una llamada anónima le comunicó a mamá sobre el mencionado traslado. Eso fue de madrugada, e inmediatamente mi madre me tomó de la mano, y junto a mi abuela materna y mi recién nacida hermana América de un mes de edad, viajamos a Puchuncaví, pero sólo encontramos un campamento vacío y buses que se llevaban a todos los prisioneros para su liberación. Pero de mi padre nadie sabía nada. En la desesperación mi mamá nos tomó a mi hermana y a mi de las manos y se enfrentó a un Jeep que salía a toda velocidad del campo de prisioneros repleto de uniformados armados. Mi madre estaba dispuesta a que muriéramos atropellados y solo nos dijo que no nos iríamos sin padre de allí. Por fortuna el Jeep se detuvo ante nosotros, y en una especie de milagro, en parte de trasera del vehículo pudimos divisar la silueta de mi papá. Corrimos a la parte trasera del vehículo y efectivamente ahí estaba papá rodeado de marinos armados. Cuando los marinos supieron que se trataba de los familiares del detenido, nos comunicaron que se lo llevaban al Fuerte Silva Palma de Valparaíso. Mi madre le mostró a quien estaba a cargo del Jeep la publicación del Diario Oficial en que el nombre de mi padre aparecía entre quienes debían ser puestos en libertad, a lo que le contestaron que debía tratarse de una equivocación, por que a él se le seguía un sumario en la fiscalía militar en Valparaíso, pues se le acusaba del delito de calumnia por denunciar que había sido torturado.
Así es que, como ahora nosotros éramos testigos de su irregular traslado, nos subieron a todos al Jeep y quedamos detenidos en un calabozo en el Fuerte Silva Palma. A mi padre lo pusieron en una celda solo, y nosotros –mi madre, mi abuela, mi hermanita América y yo de seis años- estuvimos durante dos días y una noche en un calabozo que estaba repleto de jóvenes marinos que habían sido convertidos en prisioneros por negarse a colaborar con el golpe militar y la represión. Muchos de ellos hoy están detenidos desaparecidos y yo considero que son Héroes de la Patria.
Sólo el día 19 de noviembre de 1976 mi padre pudo finalmente salir libre cuando el Juzgado Naval de Valparaíso certificó que no había cargos en su contra.
Del período de detención, mi padre me contó –y luego dejó registro escrito de todo ello en su libro “Desde el túnel”- que durante el tiempo que estuvo incomunicado en “Cuatro Álamos”, estuvo encerrado en una pequeña celda con piso de baldosa y para no decaer y superar la incertidumbre de una próxima tortura o ejecución, se auto impuso un estricto programa de trabajo que consistió en levantarse cuando consideraba que probablemente era de mañana, hacer su cama, simular que se lavaba la cara y los dientes –no tenía implemento alguno, por lo que solo hacía la mímica-, arreglarse el pelo, obligarse a hacer algo de ejercicio –aun estaba con la bala en el cuerpo-, y luego ponerse a cantar. Debo reconocer que mi padre nunca fue un muy buen cantor, pero le tenía un profundo amor a la música, particularmente la popular. Entonces, en voz alta, ante la mirada atónita de sus vigilantes, entonó cada día la “Internacional”, canciones de la Guerra Civil española, y toda melodía que se le viniera a la mente. Acto seguido, se dedicaba a limpiar, de modo minucioso, cada baldosa del piso. Una de las cosas que le causó mayor impresión fue encontrar, en las paredes de la celda, algunos mensajes de personas que habían estado ahí antes que él. Él sabía que muchos de los autores de aquellas letras garrapateadas eran compañeros que estaban desaparecidos.
Para mi estos relatos tienen una carga de vida incuantificable. Imaginarlo limpiando cada baldosa como una forma de aferrarse a la vida, luego de cantar las canciones que le reafirmaban su pertenencia a su militancia, organización y compromiso, son una muestra de amor y entrega frente a la cual cualquier represión será siempre infructuosa. Como decía tiempo después el filósofo francés Michel Foucault, te pueden someter a la fuerza, pero siempre tienes la opción de no dejarte domesticar por el poder. Mi padre resistió todos estos embates porque creía firmemente en la justeza de la causa que lo animaba desde pequeño, la causa de la libertad y la justicia social.
Cuando luego fue finalmente reconocido como preso político, y fue trasladado al campo de concentración de “Tres Álamos”, mi padre se incorporó a los talleres de artesanía y en ellos pudo enseñar a los demás presos todas las técnicas que había aprendido en los tiempos de la Escuela Normal. Los bolsos de cuero, de distintos tamaños y diseños, que salieron de sus manos eran entregados, durante las visitas, a mi madre Verónica, y una vez recibidos en casa, yo con seis años de edad, en pleno estado de sitio, salía asumió la a venderlos en el barrio para juntar algo de dinero para la familia.
En mi mente tengo absolutamente nítidas las conversaciones que tuve con la gente que salían abrirme la puerta y miraban atentas los hermosos bolsos de cuero, muy distintos a los de la cultura consumista que estaba instalando en Chile con esa estética sin identidad. Estoy seguro que en mis ojos veían que los artefactos de cuero eran un pedazo de mí, que venían de alguien muy querido, pues los pude vender todos, sin excepción.
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