
En 1984 mi padre fue contactado, junto a su antiguo amigo y camarada José Manuel Parada, por la periodista Mónica González, quien tenía en su poder un largo testimonio de Andrés Valenzuela, alias “el Papudo”, un ex agente del Comando Conjunto que había participado en la detención de mi padre en 1976. Papá y José Manuel venían trabajando hacía años en la recopilación de testimonios de personas que habían sido víctimas de la represión, mi padre desde el exterior y José Manuel con base en el centro de Documentación de la Vicaría de la Solidaridad. Por lo mismo, ambos fueron uno de los primeros en darse cuenta que existía un organismo represor transversal que integraba a agentes de todas las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden, el “Comando Conjunto”. El testimonio de Andrés Valenzuela requería ser verificado, razón por la cual Mónica González les pidió a ambos que lo validaran. El relato resultó verídico, y en él no sólo se señalaban los nombres de los agentes del Comando, sino que por primera vez se conocía el destino final de muchos detenidos desaparecidos, compañeros de juventud de ambos.
En octubre de 1984, Mónica González, mi papá y José Manuel decidieron publicar el relato apenas Valenzuela estuviera fuera del país. Sin embargo, el régimen militar decretó Estado de Sitio y prohibió la circulación de las revistas de oposición Cauce, Análisis, Apsi y Hoy. Si bien Andrés Valenzuela logró salir del país, la publicación de su testimonio se produjo en forma no programada, lo que puso en alerta a los agentes activos del “Comando Conjunto” quienes iniciaron la búsqueda del único sobreviviente del mismo, Manuel Guerrero Ceballos. En una extraña coincidencia, por orden directa del Augusto Pinochet, el Ministro del Interior –Sergio Onofre Jarpa- decretó una orden de captura contra mi papá, quien junto a Owana, nuevamente se vio obligado a vivir en la clandestinidad.
A esa fecha yo estudiaba en el Instituto de Estudios Secundarios de la Universidad de Chile, ISUCH, un colegio vinculado a la Facultad de Arte de la Universidad de Chile que estaba dirigido a estudiantes con talentos y dedicación a la música y la danza clásica. Yo desde los ocho años de edad estudiaba guitarra clásica, por lo que cuando llegamos a Chile junto a mi madre y hermana siguiendo a mi padre en 1982, di el examen y me incorporé al ISUCH y al “Conservatorio”.
Como todo estudiante de música “docta” le dedicaba varias horas al día a practicar la guitarra y estudiar solfeo y armonía. A eso me quería dedicar para toda la vida y, mi maestro, Ernesto Quezada, me alentaba, pues estaba convencido que tenía especial talento para las seis cuerdas.
Mi padre era el encargado de conseguirme las fotocopias para las partituras que eran carísimas y escasas. Sin ellas era imposible estudiar, por lo que no podía fallar, de lo contrario se debía enfrentar a mi desazón y a las penas del infierno de mi madre! A último minuto, con escasas horas de anticipación a mis clases mi padre llegaba con las fotocopias y yo me encerraba a practicar de cabeza. Lo divertido de la situación es que las fotocopias eran de pésima factura, pues mi padre contaba con nada de recursos, de hecho no almorzaba, decía que “como loro, pasaba por el alambre”. El pentagrama, los sostenidos y bemoles, las notas musicales, los fortes y los crescendo se confundían en unas fotocopias donde la tinta apenas se había fijado por la mala calidad de la hoja. Así es que ahí me encontraba como Champoleon descifrando las obras de Carcassi y Mauro Giuliani e inventando versiones propias de los pasajes que no lograba leer… Mi maestro me miraba y movía su cabeza, pero me tenía tal cariño y fe que amablemente repasaba con su lápiz grafito las partituras para que las piezas sonaran como debían. ¿Dónde diablos imprimía mi padre tan malas fotocopias? ¡Ya me imagino a mi padre pidiéndole a los compañeros de su Partido que en las imprentas que editaban clandestinamente miles de miles de panfletos llamando al Paro Nacional por favor le imprimieran una partitura de guitarra clásica!
Sin embargo, la historia familiar, así como la propia situación nacional que estaba muy convulsionada en los esfuerzos del pueblo chileno de derrotar la dictadura, me llevaron a entrar a militar desde los 14 años –igual que mi padre en su época- en las Jota, como le decíamos cariñosamente a las Juventudes Comunistas de Chile. La misión era democratizar los Centros de Alumnos que habían sido prohibidos por el régimen. Las largas asambleas, marchas, concentraciones y reuniones comenzaron a mermar mi desempeño en el Conservatorio. Mi maestro, con mucha preocupación y cariño, nos planteó a mi madre y a mi: “Manolito tiene que optar, tiene que darse cuenta que se tiene que casar con la guitarra”. La verdad es que yo amo la guitarra, hasta hoy, pero el compromiso social y político era la opción que creí que debía tomar en ese momento. Ello implicó, no obstante, que me salí de una carrera profesional que se comienza de muy pequeñito y que no admite interrupciones.
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