
En diciembre de 1984, estando en pleno Estado de Sitio, las distintas generaciones de la familia Guerrero Ceballos nos reunimos en la antigua casa de Maipú a celebrar la llegada del nuevo año. Ahí estuvo mi Tata, Don Manuel, con la abuelita Herminda, rodeados de sus hijos y nietos, entre ellos América y yo. Si bien todos teníamos profundos deseos de sentirse felices por estar reunidos, faltaba el Checho que estaba desaparecido, Máximo y Pablo que estaban en el exilio, y mi papá que vivía de casa en casa, escondido. La fuerza de esta familia había sido puesta a prueba durante toda su existencia, pero esta incertidumbre por la vida de mi padre para todos era muy difícil de sobrellevar.
Sin embargo, de pronto un vehículo conducido por el menor de los Guerrero Ceballos, mi tío Pancho, entró hasta el fondo de la casa, lo que no era su costumbre habitual. Se bajó un poco nervioso del auto y abrió la maletera. Los que pudieron se acercaron a ver qué regalo o sorpresa traía dentro. Sólo se vieron frazadas, pero estas se comenzaron a mover y por debajo de ellas apareció un rostro dulce, muy conocido por todos: era mi padre. Arriesgando su vida había venido a abrazarnos a sus hijos, padres y hermanos que no veía hace meses. Aquellas fueron horas hermosas, que en medio del espanto y el horror, abrieron un espacio de ternura en nuestro hogar, y la familia reunida, de abuelos, padres, hermanos, hijos, nietos y sobrinos nos abrazamos emocionados deseando que el año que comenzaba fuera el año de conquista de la democracia por parte de los trabajadores.
En aquella ocasión con mi hermana América no dejamos de aferrarnos a las piernas, cintura, brazos y cara de mi papá. Cantamos, como de costumbre, junto a Owana y luego lavé con mi papá decenas de decenas de platos mientras nos contaba de sus peripecias. Estaba muy sereno. Lo queríamos un montón. Fue el último año nuevo que pasamos juntos.
En enero de 1985, la Vicaría de la Solidaridad presentó el testimonio de Andrés Valenzuela, debidamente protocolizado, ante los tribunales de Justicia, pidiendo la designación de un ministro en visita para que investigara los hechos allí relatados, solicitud que, sin embargo, como era la práctica habitual, fue rechazada.
A principios de marzo de 1985, el Ministerio del Interior alzó la orden de aprehensión contra mi padre, quien inmediatamente se reincorporó a sus actividades docentes en el Colegio Latinoamericano de Integración y a la actividad gremial en la AGECH.
Sin embargo, desde ese establecimiento educacional, las puertas de mi colegio, el día 29 de marzo del mismo año, luego de conversar cortito conmigo y darme un beso como acostumbraba hacer, mi papá fue secuestrado junto a José Manuel Parada, quien iba a dejar al colegio a su hija Javiera. El día anterior, varios dirigentes de la AGECH habían sido raptados y luego interrogados en “La Firma”, el antiguo cuartel del Comando Conjunto, convertido ahora en central de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (DICOMCAR). El publicista y artista plástico Santiago Nattino también había sido secuestrado horas antes.
Luego de 24 horas de intensa búsqueda y manifestaciones masivas para que sus raptores nos devolvieran con vida a José Manuel y Santiago Nattino y a mi padre, el 30 de marzo de 1985 aparecieron sus cadáveres degollados y desangrados, con marcas de tortura, en las cercanías del aeropuerto internacional de Santiago, en la comuna de Quilicura. En el triple secuestro y homicidio, conocido como el “caso degollados”, participaron varios de los mismos agentes del “Comando Conjunto” que habían secuestrado, baleado y torturado a mi padre el año 1976. Hoy la mayoría de ellos cumple condena en la cárcel de Punta Peuco, más no así los autores intelectuales del crimen que gozan de impunidad.
En esos días tristes pude comprobar el grado de conmoción que tuvo el pueblo chileno y la comunidad internacional ante esta pesadilla hecha realidad. Manifestaciones masivas por todo el globo recorrieron las calles asumiendo una de las frases que mi papá había pronunciado en una ocasión en un discurso ante los profesores: “¡Revanchismo jamás! Queremos Justicia, nada más, pero tampoco nada menos.” Muchos fueron los jóvenes patriotas que a raíz de este acontecimiento se hicieron parte de la lucha antidictatorial, y la romería y el entierro multitudinario fue una muestra rotunda de que la unidad del movimiento opositor a la dictadura era posible. De este modo, creo, la muerte de mi padre, José Manuel y Santiago, trajo vida: la caída de la dictadura debía ser inminente.
Al poco tiempo del asesinato de mi padre, Owana dio a luz a Manuela Libertad, mi nueva hermanita, hija póstuma, símbolo de vida, del joven luchador, el Mañungo, que no estando nos sigue acompañando, dando luz, fuerza, corazón y razón para cada una de nuestras pequeñas vidas.
4 comentarios:
Estimado Manuel: quizás me recuerdes como parte del equipo de trabajo de una antigua consultoría en la cepal con MH. Ayer te recordé porque estuve con don Pepe Aldunate sj, y recordó en la reuniónel hecho de tu padre. Trabajo en la U.A.Hurtado en el área de Ética y, en fin, sólo espero que estés bien.
Saludos,
Andrés Suárez
Que triste relato y la vez tan bello el recordar a nuestros padres sobre todo los ultimos dias que estuvieron con nosotros,en la etapa de nuestra infancia y adolescencia es cuando mas los necesitamos,por eso manuel entiendo muy bien tu pesar,mi padre se me fue en el año 1971,por lo que no tuve que pasar por lo que tu familia paso,pero siempre he pensado que si se me hubiera ido de esa manera,no hubiera dejado pasar tanto tiempo, !como no hubo un voluntario que le hubiera dado un buen abrazo al infeliz que nos tuvo tanto tiempo en dictadura y se lo hubiera llevado con el¡ nos hubieran evitado pasar por todo lo de hoy,ese individualismo de la gente,ese pesar de brazos caidos,ese desaliento de no querer luchar por tus derechos y tantos cosas mas ,no se si te das cuenta ,pero hemos perdido mas que vidas humanas,hemos perdido nuestra identidad unida a una dignidad pobre en su esencia.Como es posible que mas encima tenemos que dar gracias por tener un sueldo.
Bella tu pagina,tal vez algun dia tenga el honor de conocerte,se despide una amiga de Iquique
Solo gracias por contribuir a la memoria, esa que requiere un pueblo para llegar a ser libre.
Hola Manuel,
No nos conocemos, nunca nos hemos visto antes ni tampoco nos ha presentado nadie. Llegue aquí en busca de información sobre Patricia Troncoso porque adhiero a la causa indígena desde la emergencia del conflicto.
En mi búsqueda me encontré contigo y con un nombre que me transportó a las historias de vida de mi madre en tiempos de dictadura, cuando ella era una profesora comunista y luchaba junto a un valiente grupo de opositores desde Chile para derrocar la dictadura. En ese tiempo mi madre era muy amiga de tu padre, por ahí recuerdo haber visto una foto de ellos donde tu papa me tiene en brazos... yo a penas era una guagua. Algunos años más tarde, tal vez unos siete, recuerdo a ver visitado Santiago (soy magallánica) y aparentemente nunca me gustó. Sin embargo hubo una sola experiencia de esa visita que quedó plasmada en mi retina y fue cuando mi mama me llevó al cementerio a visitar la tumba de tu padre, la cual estaba llena de flores de intenso color rojo... Recuerdo que por primera vez comprendí o le di sentido al dolor que ella tuvo por la pérdida de tu padre... porque en realidad nunca entendí su llanto al escuchar por radio las noticias, ni menos comprendía las caras de tristeza de los padres de mis amigos de infancia que regularmente nos veíamos algunas noches cuando ellos se juntaban a echar humo y planificar un horizonte mejor para nuestros futuros. Yo debo haber tenido 6 años, creo, e increíblemente recuerdo una conversación que se fijo en mi memoria. Mi madre, contaba que meses antes de este horrible crimen ella estuvo con tu papa en santiago.. fue un encuentro extraño ella relataba porque él le dijo que se vieran en pleno centro de santiago… pero ella accedió! Dice que mientras caminaban dos tipos los estaban siguiendo… y lo hicieron durante horas. En un momento tu padre le dijo que se subieran a una micro, tras ellos también venían los dos tipos!. Según lo que ella contaba el seguimiento era evidente a todas luces y ella le dice a tu padre: Manuel no te das cuenta que nos están siguiendo?.. Él le dijo, sí se, pero al que siguen es a mi y desde hace mucho tiempo. No recuerdo que más hubo en esa conversación… pero sé que hablaron de política y sé que mi madre le pidió que se cuidara…y esa fue la última vez que se vieron.
Disculpa si este relato te resulta algo impertinente de mi parte, pero sentí un impulso innato de compartir ese retazo de memoria que estaba tan anclado a mi infancia y que finalmente sale a flote gracias a este puente que has construido bellamente en Internet.
Muchos saludos
Diana Barrientos
dianaustral@gmail.com
Publicar un comentario