
Pocos meses antes del triunfo presidencial de Salvador Allende, mi papá se casó con la futura profesora Verónica Antequera, mi madre, con quien, al poco tiempo, tuvo a su primer hijo, que soy yo, Manuel Eduardo. La joven pareja se descubrió al calor de las actividades políticas que se realizaban a fines de los años sesenta con ocasión de las protestas contra las guerras imperialistas, contra los latifundistas, y a favor de la causa de los trabajadores. Mi padre, viniendo de una familia de extracción proletaria con profunda conciencia social, no tuvo inconvenientes en acercarse a la Ver, cuya familia era de clase media acomodada.
Tal diferencia de clase, sin embargo, dio pie para más de alguna sorpresa que mis abuelos paternos tuvieron que aceptar por amor al nuevo yerno. A la fecha del matrimonio, los microbuseros de Santiago se habían lanzado en huelga general, y mi papá debía cruzar, desde la popular comuna de Maipú, todo Santiago para llegar al registro civil de la comuna de Independencia, donde se realizaría la boda. Muy elegantemente vestido, de camisa y corbata, mi papá intentó avanzar algo caminando, pero la distancia era mucha como para recorrerla a pie y llegar a tiempo. De pronto, un camión de la basura se detuvo en la esquina en la que mi viejo esperaba que apareciera algún vehículo de locomoción colectiva que lo pudiera llevar. El copiloto del camión le preguntó a gritos que porqué iba tan pintoso y mi papá le respondió la verdad, que se iba a casar y no tenía como llegar al registro civil. Acto seguido, entre risas y bromas, los trabajadores lo invitaron a subirse al camión y se lo llevaron, sin detenerse en el camino, hasta al lugar mismo de la boda, donde lo vieron llegar mi mamá junto a su familia.
Durante el Gobierno de la Unidad Popular, el Ministerio de Educación designó a mi papá a cargo de la Organización Nacional de los Trabajos Voluntarios, desde donde coordinó, junto al Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, el general Carlos Prats, el viaje de 55.000 jóvenes voluntarios al sur del país, que ayudaron a construir y levantar, entre otras obras, la línea férrea de Cabildo. Desde tal posición directiva, mi viejo lideró, junto a otros compañeros, la democratización de la alta cultura en Chile, esto es, logró que el Teatro Municipal de Santiago, símbolo de distinción de la alta aristocracia criolla, abriera sus puertas a los sectores populares para que pudieran disfrutar del ballet, y consiguió que los representantes de la Nueva Canción Chilena -como Victor Jara, Inti Illimani y Quilapayún-, junto a los de la Nueva Trova Cubana –como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés-, cantaran por primera vez en las elegantes salas para un público repleto de entusiastas jóvenes trabajadores.
Tras el golpe militar de 1973, mi papá vivió en la clandestinidad, asumiendo la dirección nacional de las JJCC tras el asilo forzado de la secretaria general de dicha organización, Gladys Marín, y de la desaparición, en Marzo de 1976, del cuñado de mi viejo, mi tío artesano mueblista José Weibel Navarrete. A pesar de la vida bajo tierra, mi padre no dejó de hacer clases y de mantenerse junto a nosotros. Si bien, como medida de seguridad, nos vimos obligados a cambiarnos de comuna constantemente, lo que implicó el cambio de varios mis colegios en primero básico, mi viejo siempre se las jugó para mantener a su familia unida. Ávido lector de Neruda, aprovechó cada momento de descanso en que podía detener su intenso trabajo político, en aquellos años de terror en los que mes a mes iban desapareciendo los amigos de su generación, para continuar cultivándose y no dejarse desfallecer. Mi padre era un convencido de la importancia del estudio constante para poder comprender las cada vez más cambiantes circunstancias de la historia, y era de una firmeza de principios inclaudicable, que muchas veces, ante sus comentarios, a mi se me llegaban a erizar los pelos.
2 comentarios:
a veces imagino que tengo una historia, me refiero a que puedo asirla sin esos grandes blancos, sin la eficacia del egoísmo que marcó los comienzos de mi existencia,
reconstruir sin duda es mejor que deconstruir
Manuel, conocí a tu padre por los años de la campaña de Allende del 64, yo era el encargado de la "j" en Chillán. Creo que incluso estuvo alojado en la casa de mis viejos unos dias, en esa época.
Tengo un lindo recuerdo de esos tiempos en que nos atendian del CC, José Weibel y su hermano Ricardo que era funcionario y también Manuel Guerrero. Bueno, saludos y abrazos a tu familia.
Walterio
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